La lágrima y la estrella


Eduardo esperó a que su madre se durmiera e inmediatamente, la recibió en su sueño con un beso y un abrazo.
– Hoy quiero llevarte a un lugar especial -le dijo el niño.
No era la primera vez que hacían ese tipo viajes a lugares remotos. Eduardo, poco a poco, estaba recorriendo con su madre todos los rincones alejados de la creación y ella, con gusto, lo acompañaba.
Alejándose de la tierra, dieron muchos giros extraños, cruzaron por debajo de nubes de polvos de colores fantásticos. Pasaron par de agujeros negros y tocaron más de dos supernovas a punto de estallar. Más allá de la constelación de Orión, en una galaxia pequeña y en un planeta menor -una bolita insignificante en comparación con toda la luz que habían acariciado en aquel viaje-, llegaron a una fuente. Más que fuente, aquello era un pozo no mayor a una mesa para seis comensales en donde el agua hacía una pausa antes de seguir su curso. Estaba oscuro. Se escuchaban el canto estridente de los insectos y el fluir del agua.
– Mira -le dijo Eduardo, señalando el pozo.
– ¿Qué? ¿El agua? -preguntó la madre
– Acércate y mira -Eduardo la tomó de la mano y ambos se inclinaron para ver la superficie del pozo.
Ante sus ojos comenzaron a pasar, una tras otra, escenas de la vida de Eduardo que la madre no conocía.
– ¿Qué es? -preguntó ella.
– Es lo que pudo pasar y no pasó.
En las imágenes se veía cómo el niño se curaba, cómo crecía, cómo hacía nuevas amistades. Después de unos minutos Eduardo se hizo adolescente, creció tan alto como su papá; tuvo una, dos novias; fue a la universidad; se casó.
Cuando Eduardo llegó a los treinta y la madre vio que le daba dos nietos, se le encogió el alma y preguntó:
– Chiqui, ¿por qué me muestras todo esto?
– En realidad, eres tú quien me lo estás mostrando, mami.
– No te entiendo -la madre lo levantó y se lo sentó en las piernas.
– En esa fuente se ve lo que nos hace sufrir. La herida que llevas en tu pecho la alimenta tu creencia de que las cosas pudieron ser diferentes de como fueron. Aún piensas en todo lo que pudo suceder si yo siguiera vivo y eso te envenena los días y te está marchitando.
Una lágrima brotó de los ojos de la madre. Cuando ya empezaba a bajar por su mejilla, Eduardo, saliendo de su abrazo, se puso de pie, la recogió en un dedo y la lanzó en dirección al espacio abierto. Allí la lágrima creció y creció hasta mutar en un sol blanco, luminoso.
– Las estrellas no son sino las lágrimas que derramamos en nuestros sueños.
Entonces la madre, teniéndolo en frente, comprendió algo que, hasta entonces, no había logrado ver ni asimilar. A Eduardo le habían bastado seis años para madurar todo lo que se podía. A esa edad ya era un ser completo y maravilloso que no precisó de medio siglo para llegar a ser mejor de lo que fue. Ya era perfecto y por eso se marchó como el rocío que la luz del sol elevaba y disuelve.
– ¿Qué me pasa? -Los brazos de la madre comenzaron a desaparecer. Lo mismo sucedió con sus piernas. Antes de desvanecerse por completo, pudo escuchar al niño decir:
– Estás despertando.
Eduardo se quedó otra vez solo. Estaba feliz y satisfecho porque, en sus citas nocturnas, poco a poco, su madre se estaba sanando. Miró hacia arriba, contempló la nueva estrella y, con un suave impulso saltó hacia ella. Durante aquel día que comenzaba para la madre, mientras cuidaba de su padre y sus hermanitas, Eduardo estaría bañándose en la luz que emanaba de la lágrima que su mamá derramó.
Via Denis Ripoll